zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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sábado, 22 de julio de 2017

Creo en la mano detenida (por Wislawa Szymborska)


Creo en el gran descubrimiento.
Creo en el hombre que hará el descubrimiento.
Creo en el terror del hombre que hará el descubrimiento.
Creo en la palidez de su rostro,
la náusea, el sudor frío en su labio.
Creo en la quema de las notas,
quema hasta las cenizas,
quema hasta la última.
Creo en la dispersión de los números,
su dispersión sin remordimiento.
Creo en la rapidez del hombre,
la precisión de sus movimientos,
su libre albedrío no reprimido.
Creo en la destrucción de las tablillas,
el vertido de los líquidos,
la extinción del rayo.
Afirmo que todo funcionará
y que no será demasiado tarde,
y que las cosas se desvelarán en ausencia de testigos.
Nadie lo averiguará, no me cabe duda,
ni esposa ni muralla,
ni siquiera un pájaro, porque bien puede cantar.
Creo en la mano detenida,
creo en la carrera arruinada,
creo en la labor perdida de muchos años.
Creo en el secreto llevado a la tumba.
Para mí estas palabras se remontan por encima de las reglas.
No buscan apoyo en ejemplos de ninguna clase.
Mi fe es fuerte, ciega y sin ningún fundamento.



viernes, 21 de julio de 2017

Estallaba de asombro (por Carlos Sahagún)


Si vuelvo la cabeza,
si abro los ojos, si
echo las manos al recuerdo,
hay una mesa de madera oscura,
y encima de la mesa, los papeles inmóviles del tiempo,
y detrás,
un hombre bueno y alto.

Tuvo el cabello blanco, muy hecho al yeso, tuvo
su corazón volcado en la pizarra,
cuando explicaba casi sin mirarnos,
de buena fe, con buenos ojos siempre,
la fórmula del agua.

Entonces, sí. Por las paredes,
como un hombre invisible, entraba la alegría,
nos echaba los brazos por los hombros,
soplaba en el cuaderno, duplicaba
las malas notas, nos traía en la mano
mil pájaros de agua, y de luz, y de gozo…

Y todo era sencillo.

El mercurio subía caliente hasta el fin,
estallaba de asombro el cristal de los tubos de ensayo,
se alzaban surtidores, taladraban el techo,
era el amanecer del amor puro,
irrumpían guitarras dichosamente vivas,
olvidábamos la hora de salida, veíamos
los inundados ojos azules de las mozas
saltando distraídos por en medio del agua.

Y os juro que la vida se hallaba con nosotros.

Pero, ¿cómo decir a los más sabios,
a los cuatro primeros de la clase,
que ya no era preciso saber nada,
que la sal era sal y la rosa era rosa,
por más que ellos les dieran nombres impuros?
¿Cómo decir: moveos,
que ya habrá tiempo de aprender,
decid conmigo: Vida, tocad
el agua, abrid los brazos
como para abrazar una cintura blanca,
romped los libros muertos?

Os juro que la vida se hallaba con nosotros.

Profesor, hasta el tiempo del agua químicamente pura
te espero.
De nuevo allí verás, veremos juntos
un porvenir abierto de muchachas
con los pechos de agua y de luz y de gozo…



jueves, 20 de julio de 2017

Y yo le sonreía (por Javier Egea)



Vino primero frívola -yo niño con ojeras-
y nos puso en los dedos un sueño de esperanza
o alguna perversión: sus velos y su danza
le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas.

Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras
porque también manchase su ropa en la tardanza
de luz y libertad: esa tierna venganza
de llevarla por calles y lunas prisioneras.

Luego nos visitaba con extraños abrigos,
mas se fue desnudando, y yo le sonreía
con la sonrisa nueva de la complicidad.

Porque a pesar de todo nos hicimos amigos
y me mantengo firme gracias a ti, poesía,
pequeño pueblo en armas contra la soledad.



miércoles, 19 de julio de 2017

Por no tener zapatos (por Matilde Alba Swann)



Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.

De un zapatito roto, opaco, desclavado.

El patio de la escuela... Apenas tercer grado...

Qué largo fue el recreo, el más largo del año.

Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.

Hubiera preferido tener rotas las piernas

y entero mi calzado. Y allí contra una puerta

recostada, mirando, me invadía el cansancio

de ver cómo corrían los otros por el patio.


Zapatos con cordones, zapatos con tirillas,

todos zapatos sanos. Me sentía en pecado

vencida y diminuta, mi corazón sangrando...

Si supieran los hombres cuánto a los diez años

puede sufrir un niño por no tener zapatos...

Qué anticipo de angustia. Todavía perdura

doliéndome el pasado. El patio de la escuela

y aquel recreo largo...


Mi piececito trémulo, miedoso, acurrucado.

Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.

Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.

La pobreza no tiene perdón a los diez años. 




martes, 18 de julio de 2017

No, no se envenena (por Werner Aspenström)


Se preguntaba si podía acariciar al difunto.
La enfermera le dijo que sí.
¿No se envenena una de cadáver?
No, no se envenena.
Habían estado viendo una reposición en la tele,
él había hecho una profunda aspiración
y entonces había... ocurrido.
Lo ideal sería que los dos nos fuéramos juntos,
habían dicho muchas veces.
Ahora quedaba allí sola
como una rebanada de pan olvidada en el tostador.
Usted, enfermera, ¿me entiende?
La entiendo.
¿Tal vez podría lavarme la mano después?
Claro que podría.
Pero no es necesario ¿verdad?
No, no es necesario.
Entonces voy a acariciar, sí, al difunto.



lunes, 17 de julio de 2017

Sus nombres (por Saiz de Marco)



si se apagaran

el jazmín

el azahar

la madreselva

subsistirían

aún estarían al menos

con nosotros

sus nombres


quedarían las palabras

que inventamos para ellos


si perecieran


si se fueran del todo

el colibrí

el jilguero

el ruiseñor

sus nombres seguirían aquí

junto a nosotros



pervivirían

las formas de decirlos

que ellos nos inspiraron

las plazas que ocupaban

en nuestro viejo hablar


y quienes no los vieron


quienes nunca los vieron vivir

preguntarían

cómo eran

y qué hacían

y en ellos qué brillaba

tan especial

tan grácil

para llamarse así



domingo, 16 de julio de 2017

Disponible por siempre (por Luis Cernuda)


¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos,
del amor que al regreso fiel le espere.

Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
sino seguir libre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.

Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil;
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.



sábado, 15 de julio de 2017

Uno y su cara (por Roque Dalton)



Tengo quince años y lloro por las noches.

Yo sé que ello no es en manera alguna peculiar
y que antes bien hay otras cosas en el mundo
más apropiadas para decíroslas cantando.

Sin embargo hoy he bebido vino por primera vez
y me he quedado desnudo en mis habitaciones para sorber la tarde
hecha minúsculos pedazos
por el reloj.

Pensar a solas duele. No hay nadie a quien golpear. No hay nadie
a quien dejar piadosamente perdonado.
Está uno y su cara. Uno y su cara
de santón farsante.
Surge la cicatriz que nadie ha visto nunca,
el gesto que escondemos todo el día,
el perfil insepulto que nos hará llorar y hundirnos
el día en que lo sepan todo las buenas gentes
y nos retiren el amor y el saludo hasta los pájaros.

Tengo quince años de cansarme
y lloro por las noches para fingir que vivo.
En ocasiones, cansado de las lágrimas,
hasta sueño que vivo.

Puede ser que vosotros no entendáis lo que son estas cosas.

Os habla, más que yo, mi primer vino mientras la piel que
sufro bebe sombra….



viernes, 14 de julio de 2017

Lo que se toca y salva (por Efraín Huerta)



Lo que más breve sea:

la paloma, la flor,
la luna en las pupilas;

lo que tenga la nota más suave:
el ala con la rosa,
los ojos de la estrella;

lo tierno, lo sencillo,
lo que al mirarse tiembla,
lo que se toca y salva
como salvan los ángeles,
como salva el verano
a las almas impuras;

lo que nos da ventura e igualdad
y hace que nuestra vida
tenga el mismo sabor
del cielo y la montaña.
Eso que si besa purifica.

Eso, amiga: tus manos.



jueves, 13 de julio de 2017

Este deshacerme (por Alejandra Pizarnik)


¿Y qué si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

¿Y qué?
¿Y qué me da a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?

¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?

Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.

Pues eso es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.



miércoles, 12 de julio de 2017

Dónde están (por Czeslaw Milosz)


Estuvimos paseando a través de los campos
en un vagón al amanecer.
Una herida rosa roja en la oscuridad.

Y de pronto una liebre atravesó la carretera.
Uno de nosotros la señaló con la mano.
Eso fue hace tiempo. Hoy ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre, ni el hombre que hizo el ademán.

Oh, amor mío, ¿dónde están ellos, a dónde han ido?
El destello de una mano, la línea de un movimiento,
el susurro de los guijarros.
Pregunto no con tristeza, sino con asombro.


martes, 11 de julio de 2017

Cero (por Pedro Salinas)


I

Invitación al llanto. Esto es un llanto,
ojos, sin fin, llorando,
escombrera adelante, por las ruinas
de innumerables días.
Ruinas que esparce un cero —autor de nadas,
obra del hombre—, un cero, cuando estalla.

Cayó ciega. La soltó,
la soltaron, a seis mil
metros de altura, a las cuatro.
¿Hay ojos que le distingan
a la Tierra sus primores
desde tan alto?
¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas,
que se tejen, se destejen,
mariposas, hombres, tigres,
amándose y desamándose?
No. Geometría. Abstractos
colores sin habitantes,
embuste liso de atlas.
Cientos de dedos del viento
una tras otra pasaban
las hojas
—márgenes de nubes blancas—
de las tierras de la Tierra,
vuelta cuaderno de mapas.
Y a un mapa distante, ¿quién
le tiene lástima? Lástima
de una pompa de jabón
irisada, que se quiebra;
o en la arena de la playa
un crujido, un caracol
roto
sin querer, con la pisada.
Pero esa altura tan alta
que ya no la quieren pájaros,
le ciega al querer su causa
con mil aires transparentes.
Invisibles se le vuelven
al mundo delgadas gracias:
La azucena y sus estambres,
colibríes y sus alas,
las venas que van y vienen,
en tierno azul dibujadas,
por un pecho de doncella.
¿Quién va a quererlas
si no se las ve de cerca?

Él hizo su obligación:
lo que desde veinte esferas
instrumentos ordenaban,
exactamente: soltarla
al momento justo.

Nada.
Al principio
no vio casi nada. Una
mancha, creciendo despacio,
blanca, más blanca, ya cándida.
¿Arrebañados corderos?
¿Vedijas, copos de lana?
Eso sería...
¡Qué peso se le quitaba!
Eso sería: una imagen
que regresa.
Veinte años, atrás, un niño.

Él era un niño —allá atrás—
que en estíos campesinos
con los corderos jugaba
por el pastizal. Carreras,
topadas, risas, caídas
de bruces sobre la grama,
tan reciente de rocío
que la alegría del mundo
al verse otra vez tan claro,
le refrescaba la cara.
Sí; esas blancuras de ahora,
allá abajo
en vellones dilatadas,
no pueden ser nada malo:
rebaños y más rebaños
serenísimos que pastan
en ancho mapa de tréboles.
Nada malo. Ecos redondos
de aquella inocencia doble
veinte años atrás: infancia
triscando con el cordero
y retazos celestiales,
del sol niño con las nubes
que empuja, pastora, el alba.

Mientras,
detrás de tanta blancura
en la Tierra —no era mapa—
en donde el cero cayó,
el gran desastre empezaba.

II

Muerto inicial y víctima primera:
lo que va a ser y expira en los umbrales
del ser. ¡Ahogado coro de inminencias!
Heráldicas palabras voladoras
—«¡pronto!», «¡en seguida!», «¡ya!»— nuncios de dichas
colman el aire, lo vuelven promesa.
Pero la anunciación jamás se cumple:
la que aguardaba el éxtasis, doncella,
se quedará en su orilla, para siempre
entre su cuerpo y Dios alma suspensa.
¡Qué de esparcidas ruinas de futuro
por todo alrededor, sin que se vean!
Primer beso de amantes incipientes.
¡Asombro! ¿Es obra humana tanto gozo?
¿Podrán los labios repetirlo? Vuelan
hacia el segundo beso; más que beso,
claridad quieren, buscan la certeza
alegre de su don de hacer milagros
donde las bocas férvidas se encuentran.
¿Por qué si ya los hálitos se juntan
los labios a posarse nunca llegan?
Tan al borde del beso, no se besan.

Obediente al ardor de un mediodía
la moza muerde ya la fruta nueva.
La boca anhela el más celado jugo;
del anhelo no pasa. Se le niega
cuando el labio presiente su dulzura
la condensada dentro, primavera,
pulpas de mayo, azúcares de junio,
día a día sumados a la almendra.

Consumación feliz de tanta ruta,
último paso, amante, pie en el aire,
que trae amor adonde amor espera.
Tiembla Julieta de Romeos próximos,
ya abre el alma a Calixto, Melibea.
Pero el paso final no encuentra suelo.
¿Dónde, si se hunde
el mundo en la tiniebla,
si ya es nada Verona, y si no hay huerto?
De imposibles se vuelve la pareja.

¿Y esa mano —¿de quién?—, la mano trunca
blanca, en el suelo, sin su brazo, huérfana,
que buscas en el rosal la única abierta,
y cuando ya la alcanza por el tallo
se desprende, dejándose a la rosa,
sin conocer los ojos de su dueña?

¡Cimeras alegrías tremolantes,
gozo inmediato, pasmo que se acerca:
la frase más difícil, la penúltima,
la que lleva, derecho, hasta el acierto,
perfección vislumbrada, nunca nuestra!
¡Imágenes que inclinan su hermosura
sobre espejos que nunca las reflejan!

¡Qué cadáver ingrávido: una mañana
que muere al filo de su aurora cierta!
Vísperas son capullos. Sí, de dichas;
sí, de tiempo, futuros en capullos.
¡Tan hermosas, las vísperas!
¡Y muertas!

III

¿Se puede hacer más daño, allí en la Tierra?
Polvo que se levanta de la ruina,
humo del sacrificio, vaho de escombros
dice que sí se puede. Que hay más pena.
Vasto ayer que se queda sin presente,
vida inmolada en aparentes piedras.

¡Tanto afinar la gracia de los fustes
contra la selva tenebrosa alzados
de donde el miedo viene al alma, pánico!
Junto a un altar de azul, de ola y espuma,
el pensar y la piedra se desposan;
el mármol, que era blanco, es ya blancura.
Alborean columnas por el mundo,
ofreciéndole un orden a la aurora.
No terror, calma pura da este bosque,
de noble savia pórtico.
Vientos y vientos de dos mil otoños
con hojas de esta selva inmarcesible
quisieran aumentar sus hojarascas.
Rectos embisten, curvas les engañan.
Sin botín huyen. ¿Dónde está su fronda?
No pájaros, sus copas, procesiones
de doncellas mantienen en lo alto,
que atraviesan el tiempo, sin moverse.

Este espacio que no era más que espacio
a nadie dedicado, aire en vacío,
la lenta cantería lo redime
piedras poniendo, de oro, sobre piedras,
de aquella indiferencia sin plegaria.
Fiera luz, la del sumo mediodía,
claridad, toda hueca, de tan clara
va aprendiendo, ceñida entre altos muros
mansedumbres, dulzuras; ya es misterio.
Cantan coral callado las ojivas.
Flechas de alba cruzan por los santos
incorpóreos, no hieren, les traen vida
de colores. La noche se la quita.
La bóveda, al cerrarse abre más cielo.
Y en la hermosura vasta de estos límites
siente el alma que nada la termina.

Tierra sin forma, pobre arcilla; ahora
el torno la conduce hasta su auge:
suave concavidad, nido de dioses.
Poseidón, Venus, Iris, sus siluetas
en su seno se posan. A esta crátera
ojos, siempre sedientos, a abrevarse
vienen de agua de mito, inagotable.
Guarda la copa en este fondo oscuro
callado resplandor, eco de Olimpo.
Frágil materia es, mas se acomodan
los dioses, los eternos, en su círculo.

Y así, con lentitud que no descansa,
por las obras del hombre se hace el tiempo
profusión fabulosa. Cuando rueda
el mundo, tesorero, va sumando,
—en cada vuelta gana una hermosura—
a belleza de ayer, belleza inédita.
Sobre sus hombros gráciles las horas
dádivas imprevistas acarrean.
¿Vida? Invención, hallazgo, lo que es
hoy a las cuatro, y a las tres no era.
Gozo de ver que si se marchan unas
trasponiendo la ceja de la tarde,
por el nocturno alcor otras se acercan.
Tiempo, fila de gracias que no cesa.
¡Qué alegría, saber que en cada hora
algo que está viniendo nos espera!
Ninguna ociosa, cada cual su don;
ninguna avara, todo nos lo entregan.
Por las manos que abren somos ricos
y en el regazo, Tierra, de este mundo
dejando van sin pausa
novísimos presentes: diferencias.

¿Flor? Flores. ¡Qué sinfín de flores, flor!
Todo, en lo igual, distinto: primavera.
Cuando se ve la Tierra amanecerse
se siente más feliz. La luz que llega
a estrecharle las obras que este día
la acrece su plural. ¡Es más diversa!

IV

El cero cae sobre ellas.
Ya no las veo, a las muchas,
las bellísimas, deshechas,
en esa desgarradora
unidad que las confunde,
en la nada, en la escombrera.

Por el escombro busco yo a mis muertos;
mas me duele su ser tan invisibles.
Nadie los ve: lo que se ve son formas
truncas; prodigios eran, singulares,
que retornan, vencidos, a su piedra.
Muertos añosos, muertos a lo lejos,
cadáveres perdidos,
en ignorado osario perfecciona
la Tierra, lentamente, su esqueleto.
Su muerte fue hace mucho. Esperanzada
en no morir, su muerte. Ánima dieron
a masas que yacían en canteras.
Muchas piedras llenaron de temblores.
Mineral que camina hacia la imagen,
misteriosa tibieza, ya corriendo
por las vetas del mármol,
cuando, curva tras curva, se le empuja
hacia su más, a ser pecho de ninfa.
Piedra que late así con un latido
de carne que no es suya, entra en el juego
—ruleta son las horas y los días—:
el jugarse a la nada, o a lo eterno
el caudal de sus formas confiado:
el alma de los hombres, sus autores.
Si es su bulto de carne fugitivo,
ella queda detrás, la salvadora
roca, hija de sus manos, fidelísima,
que acepta con marmóreo silencio
augusto compromiso: eternizarlos.
Menos morir, morir así: transbordo
de una carne terrena a bajel pétreo
que zarpa, sin más aire que le impulse
que un soplo, al expirar, último aliento.
Travesía que empieza, rumbo a siempre;
la brújula no sirve, hay otro norte
que no confía a mapas su secreto;
misteriosos pilotos invisibles,
desde tumbas los guían, mareantes
por aguja de fe, según luceros.
Balsa de dioses, ánfora.
Naves de salvación con un polícromo
velamen de vidrieras, y sus cuentos
mármol, que flota porque vista de Venus.
Naos prodigiosas, sin cesar hendiendo
inmóviles, con proas tajadoras
auroras y crepúsculos, espumas
del tumbo de los años; años, olas
por los siglos alzándose y rompiendo.
Peripecia suprema día y noche,
navegar tesonero
empujado por racha que no atregua:
negación del morir, ansia de vida,
dando sus velas, piedras, a los vientos.
Armadas extrañísimas de afanes,
galeras, no de vivos, no de muertos,
tripulaciones de querencias puras,
incansables remeros,
cada cual con su remo, lo que hizo,
soñando en recalar en la celeste
ensenada segura, la que está
detrás, salva, del tiempo.


V

¡Y todos, ahora, todos,
qué naufragio total, en este escombro!
No tibios, no despedazados miembros
me piden compasión, desde la ruina:
de carne antigua voz antigua, oigo.

Desgarrada blancura, torso abierto,
aquí, a mis pies, informe.
Fue ninfa geométrica, columna.
El corazón que acaban de matarle,
Leucipo, pitagórico,
calculador de sueños, arquitecto,
de su pecho lo fue pasando a mármoles.
Y así, edad tras edad, en estas cándidas
hijas de su diseño
su vivir se salvó. Todo invisible,
su pálpito y su fuego.
Y ellas abstractos bultos se fingían,
pura piedra, columnas sin misterio.

Más duelo, más allá: serafín trunco,
ángel a trozos, roto mensajero.
Quebrada en seis pedazos
sonrisa, que anunciaba, por el suelo.
Entre el polvo guedejas
de rubia piedra, pelo tan sedeño
que el sol se lo atusaba a cada aurora
con sus dedos primeros.
Alas yacen usadas a lo altísimo,
en barro acaba su plumaje célico.
(A estas plumas del ángel desalado
encomendó su vuelo
sobre los siglos el hermano Pablo,
dulce monje cantero.)
Sigo escombro adelante, solo, solo.
Hollando voy los restos
de tantas perfecciones abolidas.
Años, siglos, por siglos acudieron
aquí, a posarse en ellas; rezumaban
arcillas o granitos,
linajes de humedad, frescor edénico.
No piso la materia; en su pedriza
piso al mayor dolor, tiempo deshecho.
Tiempo divino que llegó a ser tiempo
poco a poco, mañana tras su aurora,
mediodía camino de su véspero,
estío que se junta con otoño,
primaveras sumadas al invierno.
Años que nada saben de sus números,
llegándose, marchándose sin prisa,
sol que sale, sol puesto,
artificio diario, lenta rueda
que va subiendo al hombre hasta su cielo.
Piso añicos de tiempo.
Camino sobre anhelos hechos trizas,
sobre los días lentos
que le costó al cincel llegar al ángel;
sobre ardorosas noches,
con el ardor ardidas del desvelo
que en la alta madrugada da, por fin,
con el contorno exacto de su empeño...
Hollando voy las horas jubilares:
triunfo, toque final, remate, término
cuando ya, por constancia o por milagro,
obra se acaba que empezó proyecto.
Lo que era suma en un instante es polvo.
¡Qué derroche de siglos, un momento!
No se derrumban piedras, no, ni imágenes;
lo que se viene abajo es esa hueste
de tercos defensores de sus sueños.
Tropa que dio batalla a las milicias
mudas, sin rostro, de la nada; ejército
que matando a un olvido cada día
conquistó lentamente los milenios.
Se abre por fin la tumba a que escaparon;
les llega aquí la muerte de que huyeron.
Ya encontré mi cadáver, el que lloro.
Cadáver de los muertos que vivían
salvados de sus cuerpos pasajeros.
Un gran silencio en el vacío oscuro,
un gran polvo de obras, triste incienso,
canto inaudito, funeral sin nadie.
Yo sólo le recuerdo, al impalpable,
al NO dicho a la muerte, sostenido
contra tiempo y marea: ése es el muerto.
Soy la sombra que busca en la escombrera.
Con sus siete dolores cada una
mil soledades vienen a mi encuentro.
Hay un crucificado que agoniza
en desolado Gólgota de escombros,
de su cruz separado, cara al cielo.
Como no tiene cruz parece un hombre.
Pero aúlla un perro, un infinito perro
—inmenso aullar nocturno ¿desde dónde?—,
voz clamante entre ruinas por su Dueño.



lunes, 10 de julio de 2017

Y nada sino ese precipicio (por Gonzalo Rojas)


Sucio fue el día de la mariposa muerta.
Acerquémonos
a besar la hermosura reventada y sagrada de sus pétalos
que iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando
sopló la Arruga, y nada
sino ese precipicio que de golpe,
y únicamente nada.

Guárdela el pavimento salobre si la puede
guardar, entre el aceite y el aullido
de la rueda mortal.
O esto es un juego
que se parece a otro cuando nos echan tierra.
Porque también la Arruga…

O no la guarde nadie. O no nos guarde
larva, y salgamos dónde por último del miedo:
a ver qué pasa, hermosa.
Tú que aún duermes ahí
en el lujo de tanta belleza, dinos cómo
o por lo menos, cuándo.



domingo, 9 de julio de 2017

El treinta y seis conoce la amargura (por Juan Eduardo Cirlot)



El uno se arrodilla dulcemente,
el dos tiene las trenzas de papel,
el tres llena de plata los triángulos,
el cuatro no solloza,
el cinco no devora el firmamento,
el seis no dice nada a las serpientes,
el siete se recoge en las miradas,
el ocho tiene casas y ciudades,
el nueve canta a veces con voz triste,
el diez abre sus ojos en el mar,
el once sabe música,
el doce alienta lámparas,
el trece vive sólo en los desvanes,
el catorce suplica,
el quince llama y grita,
el dieciséis escucha,
el diecisiete busca,
el dieciocho quema,
el diecinueve sube,
el veinte vuela ardiendo por el aire,
el veintiuno cae,
el veintidós espera,
el veintitrés adora los vestidos,
el veinticuatro sabe matemáticas,
el veinticinco magia,
el veintiséis amor,
el veintisiete guerra,
el veintiocho estrellas,
el veintinueve luna,
el treinta tiene garras de cerezo,
el treinta y uno flota,
el treinta y dos destruye los anillos,
el treinta y tres anula los espacios,
el treinta y cuatro ruge,
el treinta y cinco vive lejos,
el treinta y seis conoce la amargura,
el treinta y siete fulge,
el treinta y ocho baja,
el treinta y nueve quiebra torres,
el cuarenta se expresa,
pero el cuarenta y uno tiene páginas
donde el cuarenta y dos halla su espejo,
donde el cuarenta y tres se desmenuza,
en el cuarenta y cuatro anidan tigres,
en el cuarenta y cinco monumentos,
en el cuarenta y seis hay una espiga,
en el cuarenta y siete distracciones,
detrás vienen cuarenta y ocho pensamientos,
cuarenta y nueve signos,
cincuenta cruces,
cincuenta y una lágrimas,
cincuenta y dos mujeres,
cincuenta y tres desiertos,
cincuenta y cuatro pianos
para cincuenta y cinco partituras,
para cincuenta y seis sonidos,
cincuenta y siete soles,
cincuenta y ocho perlas,
cincuenta y nueve bocas,
sesenta muertes,
sesenta y una llagas,
sesenta y dos pirámides,
sesenta y tres adioses,
sesenta y cuatro diccionarios,
sesenta y cinco sentimientos,
sesenta y seis recuerdos,
sesenta y siete flores.



sábado, 8 de julio de 2017

Ayer (por Ángel González)


Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
y hubo un claro
movimiento de pánico hacia los
tranvías
que llevan los bañistas hasta el río.

A eso de las siete cruzó el cielo
una lenta avioneta, y ni los niños
la miraron.
Se desató
el frío,
alguien salió a la calle con sombrero,
ayer, y todo el día
fue igual,
ya veis
qué divertido,
ayer y siempre ayer y así hasta ahora,
continuamente andando por las calles
gente desconocida,
o bien dentro de casa merendando
pan y café con leche, ¡qué
alegría!

La noche vino pronto y se encendieron
amarillos y cálidos faroles,
y nadie pudo
impedir que al final amaneciese
el día de hoy,
tan parecido
pero
¡tan diferente en luces y en aroma!

Por eso mismo,
porque es como os digo
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.



viernes, 7 de julio de 2017

Zapatos (por Felicitas Casillo)


Para trabajar en el jardín
me calzo unos gruesos zapatos de montaña
que fueron de papá.
Después volveré a las pantallas que nos absorben.
Pero mis pasos sonarán con su andar regio,
sobre la tierra y las hojas,
bajo un sol que nace de lo alto.



jueves, 6 de julio de 2017

Ni siquiera soy polvo (por Jorge Luis Borges)


No quiero ser quien soy. La avara suerte
me ha deparado el siglo diecisiete,
el polvo y la rutina de Castilla,
las cosas repetidas, la mañana
que, prometiendo el hoy, nos da la víspera,
la plática del cura y del barbero,
la soledad que va dejando el tiempo
y una vaga sobrina analfabeta.
Soy hombre entrado en años. Una página
casual me reveló no usadas voces
que me buscaban, Amadís y Urganda.
Vendí mis tierras y compré los libros
que historian cabalmente las empresas:
el Grial, que recogió la sangre humana
que el Hijo derramó para salvarnos,
el ídolo de oro de Mahoma,
los hierros, las almenas, las banderas
y las operaciones de la magia.
Cristianos caballeros recorrían
los reinos de la tierra, vindicando
el honor ultrajado o imponiendo
justicia con los filos de la espada.
Quiera Dios que un enviado restituya
a nuestro tiempo ese ejercicio noble.
Mis sueños lo divisan. Lo he sentido
a veces en mi triste carne célibe.
No sé aún su nombre. Yo, Quijano,
seré ese paladín. Seré mi sueño.
En esta vieja casa hay una adarga
antigua y una hoja de Toledo
y una lanza y los libros verdaderos
que a mi brazo prometen la victoria.
¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto)
no proyecta una cara en el espejo.
Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño
que entreteje en el sueño y la vigilia
mi hermano y padre, el capitán Cervantes,
que militó en los mares de Lepanto
y supo unos latines y algo de árabe...
Para que yo pueda soñar al otro
cuya verde memoria será parte
de los días del hombre, te suplico:
mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.



miércoles, 5 de julio de 2017

Este oficio (por Juan Gelman)



Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío.

Como un amo implacable

me obliga a trabajar de día, de noche,

con dolor, con amor,

bajo la lluvia, en la catástrofe,

cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,

cuando la enfermedad hunde las manos.


A este oficio me obligan los dolores ajenos,

las lágrimas, los pañuelos saludadores,

las promesas en medio del otoño o del fuego,

los besos del encuentro, los besos del adiós,

todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.


Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,

rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte. 




martes, 4 de julio de 2017

Esta cabeza desconocida (por Silvina López)



Lo que un avión permite:
el filo moderado de un cuchillo,
dos o tres formas de acomodar el papel metal
plegado prolijamente o hecho un bollo, las mismas formas
de acomodar el cuerpo en el asiento
ahora que la azafata apaga las luces sin palabras de despedida
como una madre severa o muda,
esta cabeza desconocida no encuentra el lugar
no se entrega al sueño
cae en mi hombro, se levanta
prudente oscilación
del vino en la copa descartable
no cruzamos palabra
pero algo cruza cada tanto
la frontera del apoyabrazos
mi mano que alcanza
la copa a la azafata, o el ritmo de esa respiración
que se agrava, se resigna
se quedó dormido, pienso
pero quién
se quedó dormido
no tiene nombre
se quedó dormido
insisto y mis párpados
se van cerrando
como una madre cierra
lentamente la puerta
hasta escuchar el click
mi cabeza cae, estoy
en el hueco de un hombro.



lunes, 3 de julio de 2017

La inevitable (por Olga Orozco)



Frente al espejo, yo, la inevitable:

nada que agradecer en los últimos años,

nada, ni siquiera la paz con las señales de los renunciamientos,

con su color inmóvil.

Esta piel no registra tampoco el esplendor del paso de los ángeles,

sino sólo aridez, o apenas la escritura desolada del tiempo.

Esta boca no canta.

Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós,

es una larga estría en un mármol de invierno.

Pero ninguna marca delata los abismos

-ah intolerables vértigos, pesadillas como un túnel sin fin-

bajo el sedoso engaño de la frente que apenas si dibuja unas alas en vuelo.

¿Y qué pretenden ver estos ojos que indagan la distancia

hasta donde comienza la región de las brumas,

ciudades congeladas, catedrales de sal y el oro viejo del sol decapitado?

Estos ojos que vienen de muy lejos saben ver más allá,

hasta donde se quiebran las últimas astillas del reflejo.

Entonces apareces, envuelto por el vaho de la más lejanísima frontera,

y te buscas en mí que casi ya no estoy, o apenas si soy yo,

entera todavía,

y los dos resurgimos como desde un Jordán guardado en la memoria.

Los mismos otra vez, otra vez en cualquier lugar del mundo,

a pesar de la noche acumulada en todos los rincones,


los sollozos y el viento.

Pero no; ya no estamos. Fue un temblor, un relámpago, un suspiro,

el tiempo del milagro y la caída.

Se destempló el azogue, se agitaron las aguas y te arrastró el oleaje

más allá de la última frontera, hasta detrás del vidrio.

Imposible pasar.

Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:

una imagen en sombras y toda la soledad multiplicada.



domingo, 2 de julio de 2017

Alguien a quien hemos amado (por Adam Zagajewski)



En verdad nada cambia
en la cotidiana luz del día
cuando un gran poeta nos deja.
En las coronas de los viejos olmos
siguen discutiendo apasionadamente
los grises gorriones y los frágiles estorninos.

Cuando un gran poeta nos deja
la ciudad no se detiene, el metro y los tranvías
continúan buscando el moderno Grial.
En la biblioteca una hermosa muchacha
busca en vano un poema que
le diga la verdad de todo.

A mediodía se produce el mismo bullicio de siempre,
por la noche domina un recogimiento silencioso;
entre las estrellas, una eterna inquietud.
Pronto abrirán las discotecas,
se abrirá la indiferencia
aunque un gran poeta acaba de morir.

Pero cuando nos despedimos de alguien a quien hemos amado
durante largo tiempo o para siempre,
sentimos de pronto que las palabras nos faltan
y que ahora tendremos que hablar nosotros solos;
ya nadie va a hacerlo por nosotros
porque nos ha dejado un gran poeta.



sábado, 1 de julio de 2017

Las pobres cosas (por Rafael Baldaya)




Los humanos se irán y las cosas sencillas

las pobres cosas

serán de nuevo ellas

sólo ellas


El hierro

que no quiso ser espada


ni lanza

ni alambrada de espino

la radiación

que nunca eligió masacrar

el oro

que no sabe de fiebres ni de expolios

volverán a ser cosas

meras cosas


El plomo y el uranio serán otra vez rocas

geológicas piedras subterráneas

no balas

no misiles

no sustancias mortíferas

no arsenales de horror


“No es para eso que existo


Quitad las manos

No ensuciéis mi ser físico

la pura cosidad de mi materia”


Los humanos se irán y en lo profundo

igual que a ras de tierra

los minerales

los objetos

las cosas sin designio ni nombre

recobrarán al fin

su dignidad




viernes, 30 de junio de 2017

Abuelos (por Miguel D' Ors)


El abuelo era blanco; conocía
dos cuevas y sabía seguir huellas de lobo.
La abuela era menuda y tibia como un nido:
jugábamos a pájaros con ella.

...Y, alrededor, los dos llevaban como
un contorno de campos y palomas:
cruzaban el umbral y parecía
que con ellos entraba el verano en la casa;
al contarnos los cuentos, en sus voces
oíamos molinos y cuervos alejándose
y hasta en las mismas ropas nos traían
un recuerdo fragante, un recuerdo lluvioso
del heno y la retama...

...Y el abuelo, qué manos de valiente,
qué venas, retorcidas como parras;
las ganas que me daban
de cumplir en un día sesenta y cuatro años
para tener dos manos como aquéllas...

Luego, la abuela, aquellas zapatillas
de nube que llevaba,
aquel ir y venir, como volando,
de la escoba al misal, de sus gallinas
a las sábanas frescas,
de la labor de lana a los geranios,
del pan a las mejillas de sus nietos...
que entonces, suavemente, quedábamos dormidos
creyendo que la abuela no se acostaba nunca.



jueves, 29 de junio de 2017

Junto a un lecho de muerte (por Tonino Guerra)



Hará unos veinte días puse una rosa en un vaso

encima de la mesita que hay junto a la ventana.

Cuando me di cuenta de que todas las hojas

se habían marchitado y estaban a punto de caer,

me senté frente al vaso

a ver morir la rosa.

Estuve un día y una noche esperando.

El primer pétalo cayó a las nueve de la mañana

y lo hizo en mis manos.

Nunca he estado junto a un lecho de muerte,

ni siquiera cuando murió mi madre.

Yo estaba de pie, lejos, al final de la calle.




miércoles, 28 de junio de 2017

Los hombres huecos (por T. S. Eliot)


I

Somos los hombres huecos
somos los atestados
que yacen juntos.
cabezal henchido de paja. ¡Ay!
Nuestras voces secas, cuando
susurramos juntos,
son calladas y sin sentido
como viento en yerba seca
o patas de rata sobre vidrio roto
en nuestro sótano seco.

Horma sin forma, sombra sin color,
fuerza paralizada, ademán sin movimiento.

Los que han cruzado
con ojos directos, al otro reino de la muerte
nos recuerdan -si acaso- no como extraviadas
almas violentas, sino sólo
como los hombres huecos
los atestados.

II

Ojos que no me atrevo a ver soñar
en el reino de sueño de la muerte
Ellos no aparecen:
allá, los ojos son
sol sobre una columna rota
allá, un árbol hay que oscila
y hay voces
que cantan en el viento
más distantes y solemnes
que una estrella fugaz.

Dejadme estar no más cerca
en el reino de sueño de la muerte
dejadme así vestir
tan adredes disfraces
abrigo de rata, cuero de cuervo, desfondos cruzados
en un campo
obrando como el aire obra
no más cerca
no ese final encuentro
en el reino sombrío.

III

Esta es la tierra muerta
esta es tierra de cactus
aquí las imágenes de la piedra
son alzadas, aquí reciben
la súplica en la mano del cadáver
debajo de los guiños de una estrega fugaz.

Es así como esto
en el otro reino de la muerte
solos caminamos
a la hora en la que somos
temblando con ternura
labios que besarían
desde plegarias hasta piedras rotas.

IV

Los ojos no están aquí
no hay ojos aquí
en este valle de estrellas que mueren
en este valle hueco
esta rota mandíbula de nuestros reinos perdidos

en este último lugar de las reuniones
nos congregamos
y nos callamos
plegados en la margen del crecido río

Ciegos, aunque
los ojos reaparezcan
como perpetua estrella
rosa multifoliada
del reino sombrío de la muerte
la sola esperanza
de hombres huecos.

V

Vamos rodeando la tuna
una tuna, una tuna
vamos rodeando la tuna
a las cinco de la madrugada.
entre la idea
y la realidad
entre los actos
y el ademán
cae la sombra
porque Tuyo es el reino
entre el concepto
y la creación
entre la emoción
y la respuesta
cae la sombra
la vida es muy larga
entre el deseo
y el espasmo
entre la potencia
y la existencia
entre la esencia
y el descenso
cae la sombra
porque Tuyo es el reino
porque Tuya es
la vida es
porque Tuyo es el
y así se acaba el mundo
y así se acaba el mundo
y así se acaba el mundo
no con un estallar, sino con un sollozo.


martes, 27 de junio de 2017

Y un verde escalofrío (por Emily Dickinson)


Un viento vino como un toque de corneta

temblaba por las hierbas

y un verde escalofrío atravesó

el calor, tan siniestro

que atrancamos las puertas y ventanas

como huyendo de espectros de esmeralda

La eléctrica serpiente de la fatalidad

pasó ese mismo instante


sobre una extraña turba de jadeantes árboles

y volaron las vallas

y los ríos junto a las casas

miraron a los vivos — ese día —

La campana en su exaltada torre

pregonó por el aire las noticias

Es tanto lo que puede llegar

y tanto lo que puede irse,

y aun así el mundo continúa



lunes, 26 de junio de 2017

Me siento un dios menor (por José Luis Morante)


No sé nada de ti, pero me absorbe
ese juego inocente de modelar tu ser.
Transmigro cualidades y actitudes,
deposito palabras
que te definen cuando las pronuncias,
condesciendo con algunas manías;
respeto los precintos
que deciden el paso a tus zonas ocultas;
te dejo los sentidos en alerta.
hago y deshago en ti.
Me siento un dios menor
que en esta creación cobra sentido.
Es urgente que tú pongas el soplo.



domingo, 25 de junio de 2017

Y perdiste (por Camilo José Cela)


jugaste siempre con las cartas boca arriba y perdiste luchaste siempre a pecho descubierto y perdiste no dudaste jamás de la palabra escuchada y perdiste ahora ya es tarde para volverse atrás e incluso para hacer examen de conciencia no pactaste con los ángeles ni con los demonios y perdiste no te rías de ti deja que sean los demás quienes se rían de ti con justa razón ahora te toca pagar la penitencia que corresponde a quienes se obstinan en levantar mundos cimentados en el aire de niño soñabas con telarañas y redes que te atrapaban después te dedicaste a tejer telarañas y redes y ahora te sientes agonizar porque has caído en tu propia trampa has tenido ya todo y puedes por tanto plantar fuego a todo esto se lo regalo a fulano esto otro a mengano aquello de más allá a zutano dirás yo nada quiero porque tampoco nada necesito dirás para morir basta un metro cuadrado de tierra ajena y un corazón que quiera detenerse a tiempo también se puede caminar vivo y desnudo ya te ladrarán los perros ya te apedrearán los vecinos no será necesario que te esfuerces en provocar sus iras que la iracundia contra el derrotado está siempre a flor de piel, no, no quieres morir pero te vas a morir tú notas que te vas a morir elige un escenario neutro un decorado confuso nada debe quedar nunca demasiado diáfano ahora son las seis menos veinte de la mañana sobre el horizonte amanece un día que se promete hermoso estás triste muy triste pero siente que te invade una infinita paz haz esfuerzos para no disponer de tu vida deja que sea la muerte quien organice su propia representación a los amigos les sorprenderá la noticia de que la sangre de tus venas no se derramó sobre las baldosas de tu estudio murió de muerte natural se dirán los unos a los otros pero ni los unos ni los otros creerán lo que escuchan es más gracioso que acontezca el suceso de esta sencilla manera en el estómago no tenía veneno en los pulmones no tenía agua en el cuerpo no tenía un solo balazo ni un solo golpe ni una sola cortadura se conoce que se murió de hastío es lástima que las ventanas del otro mundo estén cerradas a cal y canto en todo caso sería preferible imaginárselas abiertas y pobladas de ángeles curiosos de demonios curiosos de fantasmas desorientados y curiosos también es lástima que no hayas tenido más fe es subterfugio consolador pero en tu derrota no te queda ni eso amas a todos cuantos te rodean y no sientes desprecio más que por ti mismo también envidias a cuantos te rodean y sientes una infinita conmiseración por ti mismo, no, debes huir de esa actitud nadie debe despreciar a nadie ni ser conmiserativo con nadie el que pierde paga y tú has perdido y pagas la cosa no tiene mayor misterio ni debes darle más vueltas en la cabeza es probable que todos los finales sean así tú careces de experiencia en finales propios te sientas en una butaca y miras el ir y venir del péndulo de tus dos relojes en la esfera de uno dice bover st ioan las abss en la esfera del otro dice lombardero para dn anto ivañez 1779 no niegues que te entristece decir adiós a tus dos relojes la baldosa que vio morir a la princesa de éboli sonríe con una extraña sonrisa de complicidad de recién casado tuviste un reloj de arena que se te rompió enseguida tampoco lo lamentaste es ya de día cuando la gente se levante convendrá cursar algunos telegramas deshaciendo otros tantos compromisos su redacción debe ser muy neutra e impersonal los usos admiten que los compromisos se deshagan a última hora antes eran más rígidas las normas desde tu butaca se ve la mar no niegues que te entristece decir adiós a la mar el precio de la derrota es el tener que ir diciendo adiós a las cosas a los rincones y a los paisajes las viejas fotos de tus bisabuelos el retrato al pastel que le hicieron a tu mujer de soltera la copa de plata que ganaste en una regata de balandros cuando eras joven, sí, procuraste jugar deportivamente pero no te dejaron acercarte a la red a saludar al vencedor ahora ya es tarde para volver sobre los pasos perdidos sobre las singladuras cuyo último y único puerto es la muerte no debe causarte el menor enojo el que los demás se rían de tu muerte tú cumples no siendo cruel ni contigo mismo quede la crueldad esa máscara de la impotencia para los demás tú muérete escuchando la voz de tertuliano crudelitas vostra gloria est nostra déjalos que se rían mientras tú renuncias calladamente a todo ahí están mis títulos académicos no los queméis dádselos al pescadero para que envuelva huérfanos pececillos baratos ahí están mis medallas mis condecoraciones no las destrocéis dádselas a una máscara pobre el martes de carnaval ahí están los cien libros que escribí disolvedlos con ácido y haced lo mismo con los originales lujosamente encuadernados dejad paso a quienes vienen detrás con menos dolor y menos derrota a cuestas yo elegí la libertad y el olvido no es cierto tú has optado por la muerte porque tienes lo que es peor que la muerte no sabes bien lo que es pero intuyes que hay algo todavía peor que la muerte ¿por qué no te enfrentas contigo mismo? porque no sabes sufrir y vencer al mismo tiempo no finjas ignorarlo



sábado, 24 de junio de 2017

Ayer vendrá (por Luis Rosales)


La tarde va a morir. En el camino
la flor de las acacias se deshace
al impulso del viento. Entre las ramas,
mortal, casi vibrante,
queda el último sol. La tierra huele,
comienza a oler, no cabe
ya dentro de sí misma y se levanta:
ahora hay tierra en la tierra y en el aire.
Y hay un bardal con sol; hasta él llegamos;
la sombra es el resumen de la tarde.
Te he sentido llorar. No sé a quién lloras.
Hay un humo distante
-un tren que acaso vuelve- mientras dices:
Soy tu propio dolor, déjame amarte.



viernes, 23 de junio de 2017

Amor sin esperanza (por Robert Graves)


Amor sin esperanza, como cuando el joven cazador de pájaros
se quitó el sombrero ante la hija del escudero,
de modo que las alondras encarceladas dentro pudieron emprender el vuelo,
cantando sobre la cabeza de ella, que pasaba a su lado.



jueves, 22 de junio de 2017

Plátanos al sol (por Fernando Pessoa)



He salido de casa con un gran objetivo, que era, al final, llegar a tiempo a la oficina. Pero, este día, la propia compulsión de la vida participaba de aquella otra buena compulsión que hace que el sol venga a las horas del almanaque, conforme a la latitud y a la longitud de los lugares de la tierra. Me he sentido feliz porque no podía sentirme desgraciado. He bajado la calle reposadamente, lleno de seguridad, porque, en fin, la oficina conocida, la gente conocida que hay en ella, eran seguridades. No es de admirar que me sintiera libre, sin saber de qué. En los cestos puestos en los bordes de las aceras de la Calle de la Plata los plátanos en venta, bajo el sol, eran de un amarillo grande. Me contento, después de todo, con muy poco: el que haya cesado la lluvia, el que haya un sol bueno en este Sur feliz, plátanos más amarillos porque tienen manchas negras, la gente que los vende porque habla, las aceras de la Calle de la Plata, el Tajo al fondo, azul verdoso tirando a oro, todo este rincón doméstico del sistema del Universo. Llegará el día en que ya no vea esto, en que sobrevivirán los plátanos del borde de la acera, y las voces de las vendedoras sagaces, y los periódicos del día que el pequeño ha desplegado de un lado a otro de la esquina en la otra acera de la calle. Bien sé que los plátanos serán otros y que las vendedoras serán otras, y que los periódicos tendrán, para quien se incline a verlos, una fecha que no es la de hoy. Pero ellos, porque no viven, duran aunque sean otros; yo, porque vivo, paso aunque sea el mismo. Este momento, podría solemnizarlo comprando plátanos, pues me parece que en éstos se ha proyectado todo el sol del día como una linterna sin máquina. Pero me da vergüenza de los rituales, de los símbolos, de comprar cosas en la calle. Podrían no envolver bien los plátanos, no vendérmelos como deben ser vendidos por no saber yo comprarlos como deben ser comprados. Podrían extrañar mi voz al preguntar el precio. Más vale escribir que atreverse a vivir, aunque vivir no fuera más que comprar plátanos al sol, mientras hay sol y hay plátanos en venta. Más tarde, quizás... Sí, más tarde... Otro, quizás... No sé...




miércoles, 21 de junio de 2017

Siempre (por Vicente Aleixandre)



Estoy solo Las ondas playa escúchame

De frente los delfines o la espada

La certeza de siempre los no-límites

Esta tierna cabeza no amarilla

esta piedra de carne que solloza

Arena arena tu clamor es mío

Por mi sombra no existes como seno

no finjas que las velas que la brisa

que un aquilón un viento furibundo

va a empujar tu sonrisa hasta la espuma

robándole a la sangre sus navíos

Amor amor detén tu planta impura


martes, 20 de junio de 2017

Cementerio en la ciudad (por Luis Cernuda)


Tras de la reja abierta entre los muros,
la tierra negra sin árboles ni hierba,
con bancos de madera donde allá en la tarde
se sientan silenciosos unos viejos.
En torno están las casas, cerca hay tiendas,
calles por las que juegan niños, y los trenes
pasan al lado de las tumbas. Es un barrio pobre.

Como remiendos de las fachadas grises,
cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia.
Borradas están ya las inscripciones
de las losas con muertos de dos siglos,
sin amigos que les olviden, muertos
clandestinos. Mas cuando el sol despierta,
porque el sol brilla algunos días de junio,
en lo hondo algo deben sentir los huesos viejos.

Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra.
¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido,
con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza.
Aquí no existe el sueño silencioso
de la muerte, que todavía la vida
se agita entre estas tumbas, como una prostituta
prosigue su negocio bajo la noche inmóvil.

Cuando la sombra cae desde el cielo nublado
y el humo de las fábricas se aquieta
en polvo gris, vienen de la taberna voces,
y luego un tren que pasa
agita largos ecos como bronce iracundo.

No es el juicio aún, muertos anónimos.
Sosegaos, dormid; dormid, si es que podéis.
Acaso Dios también se olvida de vosotros.



lunes, 19 de junio de 2017

¿Te acuerdas de Resortes? (por Roberto Bolaño)


Rostro doloroso, escéptico, apaleado, trasnochado, rostro
sumergido en el bote de orines de las pesadillas, amargo e
imbécil,
duro como el pellejo de las ratas de Chapultepec, vanidoso
y triste, rostro en las lindes del cero, metálico por dentro,
lleno de ecos propicios a la risa, a su risa, a sus muecas
gratuitas y secretas, rostro de los barrios aéreos de México,
el rostro de Resortes

¿Te acuerdas de Resortes?
El perfecto ciudadano
del Distrito Federal
sus muecas atroces
su risa atroz
iluminan el camino de mis sueños
cuando regreso a México
paso a paso
siguiendo las huellas torcidas
de las estrellas



domingo, 18 de junio de 2017

Gambito de rey (por Rodolfo Hinostroza)


Y continué P4 AR
"Jugada peligrosa", dijo el Maestro, "de la escuela
romántica. Andersen
sale así en la Inmortal. Cuide Ud. 4T y tal vez haga tablas"
Y salieron mis escuadras imprecisas
transparente mediosueño bajo el canto del pájaro
campana
y el árbol que todo lo sabe desplegando sentencias en
románicas. PxP
aceptó el Negro. Y yo C3AR.
Y por entonces la Realidad era
una impetuosa fantasmagoría/ cierto impulso
en la materia del ánima humana la conduce a negar el
pasado.
"¡Eh!", insistí otra vez "¿Cómo voy a seguir?
Qué decir de la Historia si es licencia poética
decir que se repite, que el incesante error
de los vencidos se repite, que el Poder del Imperio se
repite".
Algo hay, yo te diré
que te conduce a afirmar el pasado y a repetir un acto
equivocado
para sentir que existes/ porque eres desdichado por
ejemplo/
y es inútil el acto, pero no obstante obligado
de repetir, pudiera ser que en el siguiente ciclo
se abran las puertas de la justicia
o de la paz.
Ah ¡Esa repetición spengleriana! / Espanto lúdico
perdido en sus orígenes.
Gigantesca esfera de leyes implacables.
Nunca nadie jugó dos partidas iguales: así creer
en la repetición histórica es pura necedad. Mira bien:
ahora el Negro
llevará el Alfil a 2D, y ésa es
Defensa Cunningham
de largas consecuencias.
Supuse que volviendo
agradaría a todos si es que hablaba de amor y alegría,
aunque malditas las ganas que me quedaban, pero aquí
huyen
del melancólico como del apestado en el s. XIV
y todo se ha perdido, aunque haya bautizado este regreso
con un sonoro nombre griego: NOSTOS.
Extraño
en
Ecbatana, como dice
Mc Leish. Adiós, culeados sueños, adiós tu pulso, tallador
de brillantes
el regreso no significa nada, la miserable comunión de
los cielos
con cualquier otra cosa jamás se ha producido, y hay algo
que acelera la fuerza de las cosas: una quieta barbarie de
los tuyos
oculta entre palabras y unos gestos ambiguos. Nostos:
destierro del amor. Adiós gran árbol que ibas a florecer
y te quemaste;
adiós frutas enanas, parábola de Anteo, etc. que las
gentes
echan tierra a tus ojos, y esa es toda la tierra que te han
dado.
Cuídate del ridículo
Cuídate del epíteto
Cuídate de la verdad en boca de los niños.
"Audacia, más audacia, siempre audacia", recordé
haciendo A4AD. El Maestro insistió: "4T está
desamparada".
Y se siguieron una serie de golpes:
su A5T jaque(+) mi CxA y el suyo DxC y nuevamente
jaque.
Así llegó la hora de velar al gran amor. Los manjares
del banquete nupcial sirvieron para el banquete
de difuntos.
Hamlet, act I, viceversa,
y grité: "¿Eh? ¿Quién ha muerto? ¡En esta casa no se
muere nadie! ¡Es la casa del amor, del olvido, de la
reconciliación!"
Eso dije y los pájaros picotearon mis riñones
y creo que el pórtico de una casa en mi espíritu se
derrumbó
crujiendo como el hueso de un ave.
El Maestro
salmodiaba en un tablero lejano: "Hablemos de dialéctica
viviente, o alquimia del espíritu, como se llamaba
hace 8 siglos: una fuerza que se opone a otra fuerza
actúa sobre la contradicción del enemigo. Enroque Ud.
consolídese/ conózcase a sí mismo/ no juegue ningún rol
sea Ud. todas las piezas del tablero/ sienta la amputación
de un miembro
cuando cae un peón. Un Yo compacto, un Yo
visible, si no revierte sobre la propia Historia
es un poder desperdiciado, una pura metáfora hedonista.
Observe Ud. la armonía
de la Defensa India del Rey".
Pero quieren decirme ¿de qué juego me hablan?
Los últimos cisnes cantaron con horribles aullidos de
castrati.
Una mano indecisa sacrificó el P en 3C, y PxP, la
rápida respuesta D2R, y el Negro
siguió P7C. Jaque descubierto.
Y todo fue arriesgado

y todo fue perdido.
Así ellos los audaces sobre un punto de una esfera bruñida
quisieron encender lo que se dice el fuego incorruptible.
Pero no hubo movimientos alados, ni ayuda, ni piedad.
¡Oh
descomedidos campesinos! ¡Ah, las brutales manadas de
los satisfechos
que imaginan tomar parte en el banquete! Mala peste al
país
que abandona a sus héroes, que caen como una estampa
bíblica
con la sal en el rostro.
Y un hombre
se apoya contra un árbol, disponiéndose a acabar su vida
con dignidad:
escucha: K.550 entre el murmullo de las ametralladoras
el minuet se enfrenta al infinito
sabiendo de antemano que será derrotado
y así fue el canto
de la revolución, amor, amor.
Así pues
devoraron bellotas
haciendo lo que se llama el recuento de muertos.
Y siguió mi fatal R1D y el PxT coronando
abrió la persecución implacable
crucé
mi D en 1A.
"¿Sabes lo que jugamos?" preguntó el Negro.
"¿Qué?" dije estúpidamente. "Tu fe. Y tu futuro."
Utopía se cae, se cae.
Los sueños ruedan a las alcantarillas
ángeles incoloros vagan
sin ruta y sin objeto entre las agujas de los templos
ruedas ardientes giran con los descabezados
¡Mi escuadra!
¡Mi orgullosa escuadra!
¡Mi querido Yo Mismo!
Entre la música de los escupitajos y los murmullos de
los paterfamiliae.
D5C (+). Una fangosa eternidad de espera; luego
el lento movimiento al A2R. Y DTxD
"¡Mate!" aulló el Negro
derribando las sillas escarlata. / Act. V. Telón/
La implacable esfera
las leyes implacables. 64 escaques
y el universo se comba sobre sí mismo. No hay afuera,
no hay
escape hacia otra dimensión donde todo esto sea
la historia del reptil, la historia del anfibio, la pura
prehistoria.
"Pero vuelva a jugar" dijo el Maestro "una partida
es sólo una partida. La especie humana
persiste en el error, hasta que sale
una incesante aurora
fuera del círculo mágico".
Entonces
a la partida siguiente
jugué en 3) A5C.
"¿Ruy López?" observó el Maestro
"Usted aprende".




sábado, 17 de junio de 2017

Esposa (por Miguel D' Ors)


Con tu mirada tibia
alguien que no eres tú me está mirando: siento
confundido en el tuyo otro amor indecible.
Alguien me quiere en tus te quiero, alguien
acaricia mi vida con tus manos y pone
en cada beso tuyo su latido.
Alguien que está fuera del tiempo, siempre
detrás del invisible umbral del aire.


viernes, 16 de junio de 2017

Un segundo antes (por Jordi Virallonga)


Recuerdo que decías: 
a veces la vida se encuentra 
un segundo antes de su celebración; 
antes de que empiece la película 
o te rocen la pierna, la mano, 
antes de coger el teléfono, de abrir el buzón, 
en la última carta del mazo, 
en la risa anterior a la sonrisa, 
en los frascos abiertos del baño 
o al estar en un tris de entender qué sé yo: 
el misterio de las brújulas, 
el embrujo de las brujas, 
por qué flota un petrolero 
si se ahoga una persona, 
o levita un avión. 

Y tú tanto ordenar esas cosas, 
disponer cada una en su sitio preciso 
sin saber que de nada sirve la vida 
si tan sólo hay películas, teléfonos, 
manos y piernas, cartas, buzones, 
sonrisas, camas y frascos 
y yo y los niños y amigos y hostias benditas, 
pero no celebración.


jueves, 15 de junio de 2017

Su Beckett (por Anne Carson)



Visitar a mi madre es como actuar en una obra de Beckett.
Tienes la sensación de atravesar la corteza,
la densa oscuridad oh no del pequeño cuarto
con paredes tan estrechas y predecibles.
Un tintineo y el súbito esfumarse de juguetes que pertenecen a la memoria
y sin querer reaparecen perdidos y asfixiados
en la página del dolor.
Muy mal
responde cuando pregunto,
a pesar del (¿era abril?) brillo alegre que roza sus ojos,
«salimos a remar por el lago Como»
se escurre apenas de sus labios.
Nuestro amor, esa chispa de fuego en la locura,
envuelve el cuarto
azotándolo todo
y se esconde otra vez.



miércoles, 14 de junio de 2017

Este mar (por Fabio Morábito)


Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada mil años,
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan mareos y vértigos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.



martes, 13 de junio de 2017

Los grandes mástiles (por Francis Ponge)



El placer de los pinares:

Se deambula por ellos a gusto (entre los grandes fustes

cuya apariencia va del bronce al caucho). Están muy despejados

de todas las ramas bajas. No hay en absoluto anarquía,

ni maraña de bejucos, ni obstáculos. Uno se sienta allí,

se tiende a gusto. Hay una alfombra por todas partes. Raras

rocas los amueblan, algunas flores muy bajas. Su atmósfera

tiene fama de sana, hay un aroma discreto y delicado, una

musicalidad vibrante pero suave y agradable.

Los grandes mástiles violetas, aún con su ganga de líquenes

y sus cortezas rugosas, hojaldradas.

Sus ramas se pelan y sus troncos se descortezan.

Los grandes fustes, todos de una especie perfectamente definida.

Los grandes mástiles negros o por lo menos mestizos.



lunes, 12 de junio de 2017

Del lado de allá (por Fernando Pessoa)


Siempre me ha preocupado, en esas horas ocasionales de desprendimiento en que tomamos conciencia de nosotros mismos como individuos de que somos otros para los demás, la imaginación de la figura que haré físicamente, y hasta moralmente, para aquéllos que me contemplan y me hablan, o todos los días o por casualidad.

Estamos todos acostumbrados a considerarnos como primordialmente realidades mentales, y a los demás como directamente realidades físicas; vagamente nos consideramos como gente física, para efectos en los ojos de los demás; vagamente consideramos a los demás como realidades mentales, pero sólo en el amor o en el conflicto adquirimos verdadera conciencia de que los demás tienen sobre todo alma, como nosotros para nosotros.

Me pierdo, por eso, a veces en un imaginar fútil de qué especie de gente seré para quienes me ven, cómo es mi voz, qué tipo de figura dejo escrita en la memoria involuntaria de los demás, de qué manera mis gestos, mis palabras, mi vida aparente, se graban en las retinas de la interpretación ajena.

No he conseguido nunca verme desde fuera.

No hay espejo que nos dé a nosotros mismos como fueras, porque no hay espejo que nos saque de nosotros mismos.

Sería precisa otra alma, otra colocación de la mirada y del pensamiento.

Si yo fuese actor prolongado de cine o grabase en discos audibles mi voz alta, estoy seguro de que del mismo modo quedaría lejos de saber lo que soy del lado de allá, pues, quiera lo que quiera, grábese lo que de mí se grabe, estoy siempre aquí dentro, en la casa de muros altos de mi conciencia de mí.

No sé si los otros serán así, si la ciencia de la vida no consistirá esencialmente en ser tan ajeno a sí mismo que instintivamente se consiga un alejamiento y se pueda participar de la vida como extraño a la conciencia; o si los demás, más ensimismados que yo, no serán del todo la brutalidad de no ser más que ellos, viviendo exteriormente merced a ese milagro por el que las abejas forman sociedades más organizadas que cualquier nación, y las hormigas se comunican entre sí con un habla de antenas mínimas que excede en los resultados a nuestra compleja ausencia de entendernos.

La geografía de la conciencia de la realidad es de una gran complejidad de costas, accidentadísima de montañas y de lagos.

Y todo me parece, si medito de más, una especie de mapa como el del «Pays du Tendré» o de los «Viajes de Gulliver», broma de exactitud inscrita en un libro irónico o fantasioso para gozo de entes superiores, que saben dónde es donde las tierras son tierras.

Todo es complejo para quien piensa, y sin duda el pensamiento lo torna más complejo por voluptuosidad propia.

Pero quien piensa tiene la necesidad de justificar su abdicación con un vasto programa de comprender, expuesto, como las razones de los que mienten, con todos los pormenores excesivos que descubren, con el esparcir de la tierra, la raíz de la mentira.

Todo es complejo o soy yo quien lo soy. Pero, de cualquier modo, no importa porque, de cualquier modo, nada importa.

Todo esto, todas estas consideraciones extraviadas de la calle ancha, vegetan en los huertos de los dioses exclusos como trepadoras lejos de las paredes.

Y me sonrío, en la noche en que concluyo sin fin estas consideraciones sin engranaje, de la ironía vital que las hace surgir de un alma humana, huérfana, desde antes de los astros, de las grandes razones del Destino.


domingo, 11 de junio de 2017

Final (por Circe Maia)



¿Cómo aprende la luz a oscurecerse?

¿Debe hacer ejercicios de opacamiento?

No quiere.

Hasta el último momento la brasa late:

Una chispa, un crujido.


El punzón del fuego no quiere

no ser más taladro, hacerse romo.

No quiere.


Muy a contracorriente, contra la pegajosa

espuma de la nada

bracea, tercamente.



sábado, 10 de junio de 2017

En esta costa (por Blanca Varela)


Está mi infancia en esta costa,
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo,
sombra veloz, nubes de espanto,
oscuro torbellino de alas,
azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,
mar montaña,
boca lluviosa de la costa fría!

Allí destruyo con brillantes piedras la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
destapo las botellas y un humo negro
escapa y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.

Están mis horas junto al río seco,
entre el polvo y sus hojas palpitantes,
en los ojos ardientes de esta tierra
adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación,
un mismo tiempo de chorreantes dedos
y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.

Amo la costa,
ese espejo muerto en donde el aire gira como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre
ciego pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto,
esa asfixiante seda, ese pesado espacio
poblado de agua y pálidas corolas. En esta costa soy el que despierta entre el follaje de alas pardas,
el que ocupa esa rama vacía, el que no quiere ver la noche.

Aquí en la costa tengo raíces,
manos imperfectas,
un lecho ardiente
en donde lloro a solas.



viernes, 9 de junio de 2017

Lo peor de la tristeza (por Camilo José Cela)



aquella tarde que te lo encontraste paseando por el muelle san jerónimo te dijo no hay cosa que embriague tanto como la tristeza esa perturbación del alma que arrastra al hombre hasta la muerte misma aquella tarde que te lo encontraste paseando por el muelle no diste crédito a sus palabras pero después pensaste que sí que san jerónimo tenía razón y te pusiste triste poco a poco tus hermanos creyeron que sin motivo lo peor de la tristeza es que mata el deseo de ahuyentarla como a un ave agorera te sientes triste y la tristeza te va invadiendo lentamente igual que un sueño contra el que no quieres luchar aquella mañana que te lo encontraste paseando por el mercado cervantes te dijo las tristezas no se hicieron para las bestias sino para los hombres pero si los hombres las sienten demasiado se vuelven bestias aquella mañana que te lo encontraste paseando por el mercado no diste pábulo a su pensamiento pero después viste que sí que cervantes tenía razón y te pusiste triste de repente tus hermanos creyeron que sin motivo lo peor de la tristeza es que convierte el corazón del triste en un manso infierno anegador aquella noche que le lo encontraste a la salida del teatro shakespeare te recitó dos versos hermosos you may my glories and my state depose but not my griefs still am i king of those aquella noche que te encontraste a shakespeare a la salida del teatro te llevó mucha paz al espíritu el saber que pese a todo aún eras el rey de tu melancolía


jueves, 8 de junio de 2017

Alalá (por Miguel D' Ors)



Verás de nuevo el valle melodioso

rezumando verdores,

y el antiguo espesor de los carballos;

verás las humaredas familiares

subiendo como un rezo hacia la cúpula

azul del mediodía,

y de nuevo las tardes de campanadas líquidas

y dóciles mugidos, y el perfume

universal del heno ocupando las noches...

Verás de nuevo aquel

paisaje cristalino que es tu infancia.


Pero sólo si vuelves –piedras ruinosas, negra

ceniza despoblada–, pero sólo si vuelves

con los ojos cerrados.



miércoles, 7 de junio de 2017

Y no tener patria en el tiempo (por Rainer Maria Rilke)


Ésta es la nostalgia: habitar en la onda
y no tener patria en el tiempo.
Y éstos son los deseos: suaves diálogos
de las horas diarias con la eternidad.

Y eso es la vida. Hasta que un ayer
haga aflorar la hora más solitaria,
la que sonriendo, distinta a sus hermanas,
guarde silencio delante de lo eterno.



martes, 6 de junio de 2017

Un préstamo (por Roberto Juarroz)


Nos quedamos a veces detenidos
en medio de una calle,
de una palabra
o de un beso,
con los ojos inmóviles
como dos largos vasos de agua solitaria,
con la vida inmóvil
y las manos quietas entre un gesto y el que hubiera seguido,
como si no estuvieran ya en ninguna parte.
Nuestros recuerdos son entonces de otro,
a quien apenas recordamos.

Es como si prestásemos la vida por un rato,
sin la seguridad de que nos va a ser devuelta
y sin que nadie nos la haya pedido,
pero sabiendo que es usada
para algo que nos concierne más que todo.

¿No será también la muerte un préstamo,
en medio de una calle,
de una palabra
o de un beso?



lunes, 5 de junio de 2017

Y contesté (por Umberto Saba)


He hablado a una cabra.
Estaba sola en el prado, estaba atada.
Harta de hierba, bañada
por la lluvia, balaba.

Aquel balido igual era fraterno
a mi dolor. Y contesté, primero
por broma, después porque el dolor es eterno,
tiene una sola voz y no varía.
Y yo oía esta voz
gemir en una cabra solitaria.

En una cabra de rostro semita
oía lamentarse cualquier otro dolor,
cualquier otra vida.



domingo, 4 de junio de 2017

El circo (por Leopoldo María Panero)


Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma. Mi
hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.




sábado, 3 de junio de 2017

Acueducto (por Saiz de Marco)


Bajo los arcos del acueducto
cruzan gente que sufre
siglos hambrientos
epidemias de peste, de cólera, de tifus
culpables de herejía
esclavos, siervos
reos, verdugos, lisiados, mendicantes
saetas, arcabuces, bayonetas, fusiles
soldados, himnos, bandos
unos a otros dañándose
tantas mujeres y hombres arrastrando los pies
marchando cabizbajos
víctimas de sí mismos
la muchedumbre
el tronco genealógico
sus heridas, sus lágrimas por entre las columnas
sillares desgastados que todo lo resisten
2000 años de roca erigidos en fila

Cuándo ha de ser el tiempo en que por allí pasen
los neo-ántropos felices
los cuerpos semimáquinas
la nueva raza o estirpe
aleación de metal, de silicio, de cuarzo
la segunda oleada de percepción consciente
el venidero ciclo
la nueva humanidad inmune al sufrimiento
puede que descarnal
quizá inorgánica
así, como graníticas piedras del acueducto



viernes, 2 de junio de 2017

Sé que tengo una deuda (por Vicente Gallego)


Esta tarde he escuchado
otra vez sus pisadas a mi espalda,
he notado su aliento al abrir una puerta,
y sus huellas están en mis viejos papeles.
Aunque no puedo verlo,
hace tiempo que siento su presencia inquietante
cuando me quedo solo, cuando paso las horas
encerrado entre libros y palabras.
Sus lamentos me llegan confundidos
con el viento que gira en la terraza,
y oscurece su sombra en los espejos.
Sé que tengo una deuda.
Mientras sigo escribiendo escucho un llanto.
Y no puedo pagarla.
Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día
como una advertencia.
Sé que el plazo ha vencido.
Su tristeza es un ruido que perturba mi vida,
sus reproches se adaptan al sonido
de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño,
y al rasgar de esta pluma en el papel
donde ensayo lamentos y disculpas.
Sé que tengo una deuda.
Sé que el alma de un muerto penará por mi culpa.
Ha llegado la noche, y a través del espejo
en que se ha convertido la ventana,
unos ojos sin vida me contemplan.
¡Si yo hubiera podido -les explico-, si yo hubiera sabido!
Y no supe pagarla.
A través del cristal unos ojos me acusan:
son los ojos de un niño que jamás me perdona
el haber confundido su futuro y sus sueños
con la vida sin sueños, con el triste futuro,
de ese hombre que ahora
teme al vidrio y esquiva su mirada.



jueves, 1 de junio de 2017

Edad (por Isabel Bono)


Ha bajado a la calle con el pelo húmedo y un destornillador en el bolsillo.

En una mano la basura y el reciclaje, en la otra dos libros. Al llegar a los contenedores siempre piensa que de detrás de un seto va a salir un inspector para multarla.

Ha pensado en muchas excusas, incluso en algún gesto seductor. A su edad.

Pero el temor sigue ahí, el mismo temor que le hace apretar los libros para que, por un descuido,

no vaya a echarlos también al contenedor.

No sabe qué hora es ni a qué hora cierran la biblioteca.

Siempre igual, siempre todo para el último momento, como cuando tenía doce años.

El corazón en vilo por devolver dos libros que bien podía haber comprado.

No somos pobres, le dice él cuando la ve leyendo con prisa. Podías comprar esos libros y leerlos tranquilamente, le dice. Pero ella prefiere mostrar su carné al chico del mostrador. Siempre siente la misma excitación al meter los libros en el bolso, casi como si los robara.

Cuando el chico del mostrador la oye respirar, le dice que todavía faltaban dos días.

Ella sale satisfecha con las manos en los bolsillos. Junto a la biblioteca hay un parque, junto al parque, un zoológico. Algunas mañanas parece que los monos anden sueltos entre las palomas.

No hay nada mejor que cruzar un parque con las manos en los bolsillos. Una pareja se besa en el césped, otra discute en un banco. El equilibrio de las masas continentales. Detrás del parque hay calles por las que nadie pasa.

Calles perfectas para correr sin que nadie piense que estás loca. No hay nada mejor que correr sin tener prisa. Y corre.

Cuando llega al portal desea encontrarse con algún vecino, desea que alguien la vea sofocada para poder decir Es que he venido corriendo.

En cuclillas, frente al buzón, se da cuenta de que no necesitaba destornillador. Desencaja desde dentro dos pivotes de plástico, saca la tarjeta con sus nombres, coloca la nueva y presiona. Así de fácil. Nota que le cuesta levantarse, que la carrera le ha aflojado los muslos. Y se deja caer. Desea que ningún vecino aparezca de repente. Oye a sus espaldas cómo alguien abre el portal.

¿Mamá? Menos mal que eres tú, ayúdame a levantarme, anda. ¿Estás bien?, ¿te has caído? Estoy bien, estaba descansando.

¿Descansando?, ¿sentada en mitad del portal? Su hija viene de mirar pisos de alquiler. Todos horribles, ha dicho.

Mientras suben en el ascensor piensa que su hija no ha reparado en que acaba de añadir su nombre a la tarjeta del buzón,

que cualquier mañana lo verá y eso le dará un poco de tranquilidad.

¿Y ahora, de qué te ríes?, ay, mamá, de verdad, a veces parece que tengas doce años.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Y eres alguien por fin (por Leopoldo María Panero)



Se diría que está aún en la balaustra del balcón

mirando a nadie, llorando,

Se diría que eres aún visto como siempre

que eres aún en la tierra un niño difunto.

Se diría, se arriesga

el poema por alguien

como un disparo de pistola,

en la noche, en la noche sembrada

de ojos desiertos, los ojos solos

de monstruos. Todos nosotros somos

niños muertos, clavados en la balaustra como por encanto,

como sólo saben esperar los muertos.

Se diría que has muerto y eres alguien por fin,

un retrato en la pared de los muertos,

un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.

Pero a nadie le importan los niños, los muertos,

a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos,

y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos,

abrir los ojos hoy,

mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes,

héroes en los ojos

de un cine desesperado, y los dioses que matan a los

hombres feroces,

los dioses más feroces que los hombres

los dioses crueles de la infancia, los dioses

de la inocente crueldad, pensabas que se alimentan de ciegos

y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,

si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,

más que por alguien, para alguien, como un poema,

como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello

por lo que no hay infancia en el país desierto. Por ello también

por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa

belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,

y esa mudez en los ojos, esa belleza

sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.

Pero la vida sigue como el puente de Eliot,

como un puente de muertos o un flujo

de sombras que se cogen

de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y viven.

Esa vida de la que hablan

en el infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos,

los orgullosos sonámbulos disputando con sangre

una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.

Una basta tragedia que hacen

por navidades, los viejecitos, los difuntos,

con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,

rótulos de neón y fuegos fatuos: así obra desde entonces,

desde entonces, esa raza

misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,

desde entonces, desde el día primero

en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,

desde que no hay tiempo sino destino y trazo

de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte.

Quien es visto o quien cae en ese río sordo

es lo mismo, es un muerto

que se levanta día tras día para

mendigar la mirada.

Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,

que espera también esta mañana, esta tarde como siempre

festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos

algún día por fin su cumpleaños.